El Precio




"En la vida económica, que constituye la parte más importante de la vida social moderna, toda relación auténtica con el aspecto cualitativo de los objetos y de los seres tiende a desaparecer, tanto respecto a las relaciones entre los hombres y las cosas como a las relaciones interhumanas mismas, para ser sustituída por una relación mediatizada y degradada: la relación entre los valores de cambio puramente cuantitativos."
"En el plano conciente y manifiesto, la vida económica se compone de gente orientada a producir valores de cambio, valores degradados, a los que se incorporan algunos individuos -los creadores en todos los terrenos- que continúan orientados esencialmente hacia los valores de uso, y que por ello se sitúan al margen de la sociedad, transformándose en individuos problemáticos, y naturalmente incluso éstos -a menos de aceptar la ilusión (que Girard llamaría mentira) romántica de la ruptura total entre la esencia y la apariencia, entre la vida interior y la vida social- no podrían dejarse engañar por las degradaciones que sufre su actividad creadora en una sociedad que produce para el mercado, inmediatamente que se manifiesta al exterior, en cuanto queda materializada en un libro, un cuadro, la enseñanza, una composición musical, etc., que posee un cierto prestigio, y por tanto, un cierto precio."
"Todo individuo , en la sociedad productora para el mercado, tiene ocasión de observar, en algún momento del día, la existencia de los valores de uso, que no puede conseguir sino por la mediación de los valores de cambio."
"De aquí que la creación de la novela, como género literario, no tenga nada de sorprendente. La forma extremadamente compleja que presenta en apariencia es aquella en que los hombres se encuentran diariamente sumergidos cuando se ven obligados a buscar toda cualidad, todo valor de uso de un modo degradado por la mediación de la cantidad, del valor de cambio, y ello en una sociedad donde todo esfuerzo por orientarse directamente a la producción de valores de uso no podría dar otro resultado que el de engendrar individuos también degradados, si bien de un modo diferente, el del individuo problemático".

Lucien Goldmann

Video: jul guerezta/y yo

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La noche era suave y liberal





Después de estar una hora tirada en el suelo Paulina se levantó, vértebra por vértebra, dejando para lo último la cabeza. No estaba segura de cómo había llegado al piso ni de porqué no podía ser normal de vez en cuando. Esta última pregunta no era oportuna, mejor dicho, no era prioritaria, sin embargo estaba muy relacionada con la primer cuestión. Era conciente de lo que había pasado, lo que no se explicaba era cómo, por segunda vez en una semana, había terminado teniendo relaciones con un desconocido en el medio del parque, tan tarde a la noche. No, no le gustaban los hoteles pero no era eso, no era ese el asunto. Le parecía que la cosa era seria, que era grave, que no era normal. Le parecía que no estaba bien lo que hacía. Sin embargo, todo se daba con tanta naturalidad.

Dejó para más tarde las respuestas cuando terminó de acomodarse la ropa. Recordaba que el hombre, un muchacho de unos treinta años, le había ofrecido la mano para que ella se levante, y ella le había dicho que no con la cabeza, quería quedarse ahí un rato más, estaba muy cómoda. El chico dudó, como si también quisiera quedarse, pero Paulina no le habló, ni lo miró siquiera, y el chico se fue.

La noche era suave y transcurría con liberalidad. Esas fueron las palabras que Paulina usó en su mente, “qué noche suave y liberal”, mientras caminaba por la calle, dudando sobre si tomar un taxi o continuar a pie. Se detuvo en un kiosco y pidió una coca de vidrio chica. Las burbujas se atropellaron en su estómago con el primer trago. Después de dos cuadras de caminar decidió tomar el taxi, se sentía cansada y tuvo ganas de darse un baño.

Cuando llegó a la casa, su marido la esperaba junto a la pequeña. Le preguntó: “¿Otra vez Paulina?”. Ella no contestó. Abrazó a su hija acurrucada en el sillón y después le sacó a él el cigarrillo de la mano. “¿Hasta cuándo vas a seguir Paulina?”, preguntó él. Ella no contestó. Fue a la pieza, se sacó la ropa y se metió en el baño. Escuchó que el marido acostaba a la nena y lo escuchó entrar a la pieza. Cuando salió del baño, lo encontró sentado, leyendo, en la mecedora. “¿Qué leés?”. Él no contestó.

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