La noche era suave y liberal





Después de estar una hora tirada en el suelo Paulina se levantó, vértebra por vértebra, dejando para lo último la cabeza. No estaba segura de cómo había llegado al piso ni de porqué no podía ser normal de vez en cuando. Esta última pregunta no era oportuna, mejor dicho, no era prioritaria, sin embargo estaba muy relacionada con la primer cuestión. Era conciente de lo que había pasado, lo que no se explicaba era cómo, por segunda vez en una semana, había terminado teniendo relaciones con un desconocido en el medio del parque, tan tarde a la noche. No, no le gustaban los hoteles pero no era eso, no era ese el asunto. Le parecía que la cosa era seria, que era grave, que no era normal. Le parecía que no estaba bien lo que hacía. Sin embargo, todo se daba con tanta naturalidad.

Dejó para más tarde las respuestas cuando terminó de acomodarse la ropa. Recordaba que el hombre, un muchacho de unos treinta años, le había ofrecido la mano para que ella se levante, y ella le había dicho que no con la cabeza, quería quedarse ahí un rato más, estaba muy cómoda. El chico dudó, como si también quisiera quedarse, pero Paulina no le habló, ni lo miró siquiera, y el chico se fue.

La noche era suave y transcurría con liberalidad. Esas fueron las palabras que Paulina usó en su mente, “qué noche suave y liberal”, mientras caminaba por la calle, dudando sobre si tomar un taxi o continuar a pie. Se detuvo en un kiosco y pidió una coca de vidrio chica. Las burbujas se atropellaron en su estómago con el primer trago. Después de dos cuadras de caminar decidió tomar el taxi, se sentía cansada y tuvo ganas de darse un baño.

Cuando llegó a la casa, su marido la esperaba junto a la pequeña. Le preguntó: “¿Otra vez Paulina?”. Ella no contestó. Abrazó a su hija acurrucada en el sillón y después le sacó a él el cigarrillo de la mano. “¿Hasta cuándo vas a seguir Paulina?”, preguntó él. Ella no contestó. Fue a la pieza, se sacó la ropa y se metió en el baño. Escuchó que el marido acostaba a la nena y lo escuchó entrar a la pieza. Cuando salió del baño, lo encontró sentado, leyendo, en la mecedora. “¿Qué leés?”. Él no contestó.

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